¿Les ha pasado que sus estudiantes se interesan más en Uds. cuando narran algo de su historia personal, en vez de explicar algún contenido de la materia que dictan? ¿Tendrá que ver con las emociones?

¡Una maestra alegre!

Me pasaba, con mis estudiantes del último año de bachillerato, que amaban las historias de mi familia.

Les encantaba saber lo último que había pasado con mi esposo o alguna novedad sobre mi hija.

Pasaban por la ternura, la alegría, la ira, la sorpresa. ¡Qué se yo!… Ellas vivían conmigo la situación, como si fueran ellas mismas.

De la misma forma me pasaba cuando ellas me contaban algo sobre sus vidas. ¡Ah! Y cuánto les gustaba interrumpir para compartir anécdotas!

Obviamente no podíamos pasar la clase en esa dinámica pero, aprovechábamos esos pequeños momentos de distracción para recargar las pilas y continuar con los contenidos, muchas veces pesados.

¿Qué había de útil en esa manera de trabajar?

¡Nos emocionábamos! ¡Eso era lo que estaba pasando! Yo me emocionaba por ellas y ellas por mí.

Primero, tocaban de primera mano mi realidad y me dejaban entrar a la de ellas. Eso propiciaba una relación de cercanía. ¡Oh! ¡Miss Emilia es un ser humano que padece como yo!.

No era necesario develar muchos detalles de la vida privada de cada una. Con algún cuento simpático era suficiente.

No había barreras, más allá de la autoridad ganada desde el respeto mutuo y el dominio de la materia de la que estaba a cargo.

Mis estudiantes pasaban de estar aburridas a alegrarse por un nuevo evento, a ponerse triste por algún otro. Se sorprendían con alguna cosa inesperada.

Podían manifestar su miedo ante algo que no conocieran o angustia por no saber qué les deparaba el día de mañana.

Dicen los expertos que hay más de doscientas cincuenta emociones que derivan de seis básicas: felicidad, tristeza, asco, miedo, sorpresa e ira.

La cuestión es que el aprendizaje se relaciona directamente con las emociones que pueda generar el docente en quien aprende.

Ello debido a que si el aprendizaje va asociado a componentes emocionales, el cerebro lo percibirá como útil y lo retendrá (Bueno, 2018).

De otra forma, a pesar de que puede retenerse en la memoria por un tiempo, el cerebro al detectar que no le sirve para algo específico, simplemente lo desechará.

De allí que, es necesario incorporar en nuestras estrategias de trabajo con los estudiantes, actividades que generen emociones en ellos.

Por ejemplo, ¿qué hay dentro de una estrategia que coloque a un estudiante contra su realidad?. Es el eje del aprendizaje basado en problemas.

Es harto conocido que logramos mejores resultados cuando los estudiantes «viven»lo que están aprendiendo.

Es diferente aprender sobre el nitrógeno desde un diagrama de la tabla periódica que desde su aplicación en la elaboración de helados artesanales.

Pues, esa vivencia, lo que está involucrando es la emocionalidad que, sin dudas, está asociada a cada segundo que vivimos.

Ver cómo una sustancia como el nitrógeno líquido puede ser tan frío y congelar ante nuestros ojos, estando a temperatura ambiente, interesa, estimula, despierta la curiosidad.

Cuando solicitamos a un alumno que resuelva un problema, iniciando con un planteamiento de su contexto cercano, le estamos invitando a que evoque un momento alegre, se motive con la ilusión de ayudar, sienta satisfacción por un trabajo bien hecho. En fin…

Estos son detalles que cotidianamente no tenemos en nuestra conciencia pero que, sin dudas, nos hacen ser más efectivos cuando de lograr el desarrollo de competencias en nuestros estudiantes de refiere.

La vocación de ser docente pasa por mostrarnos como humanos que sienten como sus estudiantes y que comparten sus emociones.

Mostrarnos empáticos, amables, comunicativos, respetuosos, solidarios, justos, agradecidos. Eso es lo que nos hace ser mejores docentes.

Ser expertos en castellano o química no es sinónimo de ser buen maestro.

Sólo aquel que es capaz de conectarse con sus estudiantes desde su emocionalidad, contará con la satisfacción de ser recordado como bueno.

Tenemos la influencia para dejar huellas en nuestros estudiantes. La cuestión está en asegurarnos de que estas sean positivas.

Nuestra misión docente pasa por hacer crecer a nuestros alumnos para hacerlos cada vez más competentes.

La invitación es a reflexionar en ello y buscar la manera de lograrlo.


Emilia Montero

Docente de vocación, emprendedora y formadora innata. Siempre de la mano de la actualización, la estrategia parte de ponerse en los zapatos del otro y ser empático. ¡Vamos por más!

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